Danilo Guío (28 años) Ingeniero de Sistemas y Administrador de Empresas Voluntario desde 2005 No voy a mentir. Cuando me dijeron en la clase de Responsabilidad Social que tenía que ir a Ciudad Bolívar pensé "que jartera, eso es muy lejos y peligroso". A los ocho días, es decir para la siguiente clase, llegó una muchacha en jean y camiseta, parecía una estudiante más, una que nunca había ido a la clase, pero no. Ella (Sandra Polanía) era voluntaria de Bella Flor y nos iba a contar sobre la fundación. Solo tuvo que hablar dos minutos sobre los niños, sobre el barrio sobre la fundación para que yo decidiera que allí quería estar. Tres días después iba yo por primera vez en mi vida en un alimentador, viendo partes de Bogotá que nunca sospeché que existieran. Con cada cuadra que avanzaba el bus se me encogía un poquito más el corazón y más seguro me sentía de estar haciendo parte de algo grande, de algo cuya energía sentía y aun no entendía que era. Recuerdo que crucé la puerta de la fundación (la sede antigua) y apenas pude dar pasos porque sin verlos venir, sin sospecharlo y sin estar preparado para eso me vi rodeado, abrazado, por un montón de niños que se me colgaban de brazos, cuello y piernas. Fueron solo dos horas, dos horas que me dejaron cansado (muy, muy cansado), sin voz y sin embargo feliz. Desde ese momento supe que quería ser parte de Bella Flor, que esos niños eran los más locos, cansones, cariñosos, espectaculares, pilos y un gigantesco etcétera que me llena los ojos de lágrimas. Supe que por ellos allí me quedaría, que desde ese instante en adelante iba a ser parte de la espectacular familia Bella Flor.
Horacio Hoyos (30 años) Ingeniero electrónico Voluntario desde 2007 Hoy después de casi un año de labor casi ininterrumpida en la fundación y tal vez más de 2 vinculado como voluntario a ella, hay un sentimiento que siempre ronda mi cabeza: mi relación con la fundación es una especie de “persona equivocada en el lugar equivocado”. Este sentimiento nace principalmente de la pasión que respiran el resto de los voluntarios por el trabajo con los niños y los padres, pasión que definitivamente no existe en mí. Sin embargo este sentimiento no ha impedido que lentamente me enamore de la fundación. Que me enamore de cada uno de los voluntarios y del entusiasmo que ponen en cada minuto dedicado a ella. Que me enamore de los niños y niñas y sus sonrisas descomplicadas y sinceras. Que me enamore de los padres y madres que comparten sus temores con nosotros y que semana a semana depositan en nosotros el futuro de sus hijos. Sí, estoy enamorado de la Fundación y todo lo que representa. Y lo más bonito de ese amor es que nace donde menos lo esperaba.
María Camila Hernández (25 años) Literata Voluntaria desde 2007 Mi experiencia en la Fundación es corta pero llena de buenos momentos. Llegué a Bella Flor en un momento de mi vida en el que la seguridad de ser estudiante dejó de existir para dar paso a la incertidumbre del futuro. Creo que no pudo haber un momento más perfecto: subir a la sede, sentir el cariño de los niños y aportar con mis conocimientos en la construcción de este gran sueño realmente ha llenado mi vida de buena energía y visiones de un futuro feliz. Pero además debo decir que haber conocido gente tan comprometida y enamorada de la acción social como los voluntarios de la Fundación Bella Flor me colma de optimismo y me impulsa a dar cada vez más, a creer que el cambio en nuestro país sí es posible. A ellos les doy las gracias por su ejemplo de entrega y valentía.
Mónica Hernández (27 años) Economista y Matemática Voluntaria desde 2002 Soy fundadora de éste emprendimiento social, llevo 6 años trabajando por los niños de Bella Flor y Paraíso. He visto a la Fundación crecer y consolidarse, he presenciado la llegada de personas maravillosas y pilas, dispuestas a poner su tiempo, conocimientos e ideas al servicio de nuestros niños. Eso me llena de mucho orgullo! Amo a los niños y a la comunidad de Bella Flor con todo mi corazón. Están en mi mente cada minuto del día. No pierdo oportunidad para hablarle a la gente de ellos y de lo que hacemos, pues la Fundación es una de mis mayores pasiones día a día. Éstos niños cambiaron mi forma de ver el mundo y de mi papel en ésta visión. Me enseñaron a valorar las comodidades y el afecto con el que nací y crecí. Pasé de ser una enamorada de la macroeconomía y del seguimiento de coyuntura económica, a soñar con trabajar en el diseño de política pública/social encaminada a romper el círculo vicioso de la pobreza y la desigualdad. Le debo mucho a éstos niños… no hay forma de agradecerles todo lo que han hecho por mí!!
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